Luego de haber dejado marcadas unas sesenta y
nueve huellas en la arena, nos detuvimos. No puede hacer otra cosa que mirar
sus ojos salvajes. Brillaban. Pero no lograba entender por qué. No sabía si estaba emocionada por mí o por lo
que estaba sintiendo.
Estar a su lado en ese momento me hizo sentir
mucho. Sentir aquellos días de alegría y canto. El pesado transcurrir de los
amargos amaneceres sin ella a mi lado ya no existieron en mi mente. Pues ese
momento resumía todo lo que éramos y el pasado sobraba.
Moría por impresionarla, pero competir con
aquella tarde me era muy difícil. Pues todo un desfile de gaviotas hacía
reverencia a su hermosura sobre las azules aguas de aquella playa. El sol, con
una ternura indescriptible, se marchaba, dejando toda la tarde enrojecida. El soplar del viento rosaba nuestra piel
convirtiendo su contacto en las más irresistibles caricias. Arena blanca, palmas
removidas y peces jugueteando. Recuerdo cada color, recuerdo cada sonido,
recuerdo cada cosa. Solo me basta cerrar los ojos y es como si pudiera saborear
con unas ganas entre perversas y románticas aquel momento, definitivamente
inolvidable.

