
Si hubiéramos estado presentes, allá en los años 50, cuando es sátrapa Rafael Leónidas Trujillo decidió construir el prestigioso Hotel Hamaca en una playa ubicada a apenas 30 kilómetros al este del centro de Santo Domingo, tal vez nos hubiéramos llenado de alegría ante tan revolucionaria decisión que sin duda alguna marcaría el inicio de un prominente desarrollo turístico de esta zona.
Nuestra popular, hermosa y maltratada Boca chica comenzó su desarrollo entre los años 50 y 60, no solo con la construcción del hotel que en su entonces se convirtió en icono de la región sino que se inició una serie de construcciones llevadas a cabo por familias destacadas de nuestro país. Se convirtió esta zona en un espacio de recreación y veraneo donde extranjeros y nacionales iban a disfrutar de la actividad del ocio.
El tiempo transcurrió y a medida que este avanzaba empresarios notaron la posibilidad de hacer negocio en esta zona. Por lo que distintos proyectos turísticos comenzaron a ser desarrollados.
Al mismo tiempo la población nacional fue incrementando y este municipio comenzó a recibir cada vez un número mayor de visitantes.
La falta de control y regulaciones provocaron que en el entorno cada vez más se notara un mayor deterioro. Lo que generó como consecuencia que el atractivo del lugar fuera menor.
Podríamos afirmar que es la única playa apta para balneario que se encuentra en Santo Domingo, lo que conlleva que la cantidad de usuarios de esta sea enorme. Lo que conjugado con el número de extranjeros que llegan hasta aquí hace que la actividad se haga insostenible.
Prostitución, droga y robos son solo algunas de las características que actualmente se exhiben en este lugar. Aparentemente combinado todo esto con unas autoridades indiferentes a la situación.
La contaminación que allí se exhibe es alarmante. Basura no solo en el entorno, sino también en las aguas. La sobre abundancia de negocios, muchas veces sin ningún criterio, ha ocupado toda el área que está supuesta a ser destinada a la recreación de los usuarios. Existen lugares donde la distancia entre un establecimiento y la playa no supera ni siquiera los 6 pies.
Estacionarse se convierte en una odisea, ya que personas muchas veces inescrupulosas se han adueñado de ciertos lugares públicos para hacer negocios con estos. Cobrando muchas veces sumas alarmante para permitir que dejemos nuestros vehículos en dicho lugar.
Vendedores que acosan a turistas y nacionales, mendigos que piden por doquier y “sankinpankis” haciendo negocio muchas veces oscuros son otras de las características que actualmente se destacan en la zona.
Es necesario para la salud de nuestro turismo que esta situación se corrija. No podemos seguir dando larga al asunto. Las autoridades no deben seguir haciéndose indiferente a esta realidad. No podemos seguir dejando en manos de las entidades locales (ayuntamiento y órganos de seguridad) el porvenir de esta región, ya que nos pertenece a todos y está delicadamente ligada a la actividad que sostiene nuestra economía.
Con carácter de urgencia debemos trabajar en un plan de desarrollo que permita recuperar esta zona. Relancemos un turismo sano, sostenible, amigable y económicamente viable.
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